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9.10.2004

la falla 

Nos conocimos en un bar, cercano al río y lejano a todo lo que pudiera llamarse sacro. Nada más con tu pose denotabas el deseo de revelarte ante todo lo que tuviera sentido en la vida de manera canibalística y sobradora, esperando a cambio la tan necesaria para vos tranquilidad de un pucho en la oscuridad. Yo estaba a lo lejos, saliendo del baño, en un momento tan avanzado de la noche y del alcohol en sangre que la presencia de un inodoro supone únicamente un blanco opcional.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, pude ver el vacío en el lugar donde debería haber un alma. Supongo que vos lo notastes también. Ese hubiera sido nuestro último instante de comunión de no ser porque te encontrabas justamente en el único lugar que quería estar; en la abundancia de botellas y ausencia de luz que dicho hueco espiritual supone.
Lamentablemente, para mi parecer, nuestras miradas se volvieron a cruzar al yo tener que elevar la voz a la orden de "whisky, seco, mucho". Oh cuánto vano interés perdistes para mí en ese momento en que esa simple orden bastara para tu atención:
- ¿Querés algo?
- No creo que lo valga - me dijistes con una extraña sonrisa, calida y enterrada en un mar de recuerdos, como si me reconociera como un lejano nudo en la apretada trama de la memoria.
Mi atención se desvió rápidamente a la llegada del vaso de boca ancha. No habrá durado más que unos segundos en mi mano, menos de un segundo en el vaso, menos que eso en mi boca.
- ¿De dónde?
- ¿Qué?
- ¿De dónde nos conocemos?
Dudastes un momento
- Creo que del polideportivo, los jueves ¿no?
Nunca pisé un polideportivo en mi vida
- Puede ser, no sé. Pero me resultás conocida de alguna parte, eso seguro.
Me alejé rápidamente, sin querer presumirte el más mínimo interés. He estado otras veces en una situación similar, en la cual la noche impulsa la llegada de un encuentro casual y he tenido la apatía para rehusarme y dedicarme a la soledad que buscaba desde un principio. A pesar del vago intento, me seguistes con la mirada.
La sorpresa me llegó cuando gritastes mi nombre, a mis espaldas. Giré lentamente, pensando por primera vez seriamente si no te conocería ya de alguna parte.
- ¿Cómo seguís después de la operación? ¡Qué suerte tuvistes!
Me reí levemente, y me alejé. Nunca me había sometido a ninguna operación. Mientras me alejaba, las imágenes se fueron mezclando. Levemente mi mirada se dirigió a un hospital. Y ahí te espero, mirándote a través de la cortina, recostado. Todo apunta a que te vas a presentar, y a decirme las malas noticias que, tal vez, terminen de ciclar esta bizarra falla del orden.

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